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¿Cuándo y por qué empezaron a usarse las barricas de roble?

Publicado el 16 de junio de 2017 por DO España
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Las barricas de roble son uno de los elementos centrales de la enología y el sitio de crianza por excelencia para la gran mayoría de los vinos del mundo. Pero, ¿por qué empezaron a usarse?, ¿quiénes fueron los primeros en hacerlo y para qué?

Aproximadamente en el año 1.000 antes de Cristo, los fenicios comercializaban el vino transportándolo en ánforas de barro, que luego reemplazaron por pellejos de animales, por ser estos más resistentes. De hecho, el tema de cómo movilizar grandes volúmenes de vino, siempre fue una preocupación para las distintas sociedades en los diferentes periodos de la humanidad. Conservarlo y llevarlo de su zona de producción al centro de comercio sin que se dañe o se pierda, era un tema central.

barrica-roble-vinoEn el año 500 antes de Cristo, el pueblo Celta vivía en la zona norte y centro de Europa. Allí el clima era hostil, caracterizándose por el frío y la humedad. Y si había algo de lo que los celtas disponían a su placer, era la madera, ya que estaban rodeados de frondosos y robustos bosques. Sin dudas, ese material constituía la base de todo lo que fabricaban, desde casas hasta barcos, y así se volvieron expertos en el trabajo de la madera.

Por otra parte, en la zona mediterránea, los griegos y romanos, que continuaban utilizando las ánforas de barro cocido, empezaron a tener problemas para transportar grandes volúmenes, porque las ánforas se rompían. Además, si viajaban hacia el norte de Europa, el vino se congelaba. Paralelamente, los celtas perfeccionaban sus técnicas, siendo así que ahuecando un tronco, colocando adentro sus bebidas y poniéndole una tapa, solucionaban el problema del traslado del producto.

Como segundo paso, decidieron cortar los troncos en duelas y unirlas en forma circular por medio de aros de madera o mimbre, sin utilizar ni un clavo, ya que descubrieron la influencia del líquido sobre la madera y su acción de compresión y flexión. También hallaron que calentando las duelas, podían darle fácilmente esa forma ovoide o circular. Cuando los romanos invadieron La Galia, paulatinamente adoptaron aquellas primitivas cubas y barricas como medio de transporte y conservación.

Varios historiadores y redactores de la época hacen referencia de ello, como Plinio, Estrabón y Heródoto. Y hasta podemos citar la clásica imagen del filósofo griego Diógenes, quien dormía dentro de un tonel de madera. Estos recipientes también se utilizaron para comercializar aceites y diversas bebidas. Además, como forma complementaria de hacer frente a la adversidad del clima, comenzaron a estibar las barricas bajo tierra, dando nacimiento a las cavas.

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Sin dudas, el reemplazo de las ánforas por las barricas y toneles de madera significó una revolución en el traslado de diversas sustancias, y sobre todo del vino. Y aquí vemos como, una vez más, el vino es un producto central en la historia y un eje muy importante del comercio, al punto que los depósitos de los barcos pasaron a llamarse “bodegas”, y su capacidad de transporte “tonelaje”, por la cantidad de toneles de vino que podían cargar. Por supuesto, estos términos se mantienen aún hasta nuestros días de forma inalterable.

Y como si esto hubiese sido poco, alrededor del siglo XVIII, los bodegueros franceses observaron que los vinos transportados en barricas llegaban a destino, no sólo bien conservados, sino que mejor de lo que habían partido, incrementando sus cualidades y su valor, gracias a los procesos que más tarde se descubrió que suceden dentro de dicho recipiente, y que ya explicamos en la nota que citamos al pie de la actual.

Además, el vino atravesaba una suerte de clarificación natural ayudado por la forma de la barrica, logrando así que las diversas partículas y residuos de su elaboración se depositen en el fondo de la misma, dejando el líquido límpido. Claro está que la barrica pasó a ser la aliada ideal del viticultor, cuando los alemanes descubrieron las mechas de azufre para esterilizar absolutamente esos depósitos, cosa que no se lograba con el simple lavado con agua.

Finalmente, debemos saber que para llegar a la conclusión que el roble (francés y americano) es el tipo de madera óptima para el armado de los recipientes enológicos, se atravesó por diferentes y variadas pruebas a lo largo de los siglos, habiendo experimentado con el pino, el castaño, la acacia y el cerezo, por citar algunos ejemplos. Hoy en día, es muy difícil imaginar la vitivinicultura separada de uno de sus principales medios de gestación: la barrica de roble.

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